Eran dos colibrís

Eran dos colibríes Emprendieron un largo viaje, recorrieron, en sus casi tres años, millones de flores, imagínense, pueden visitar más de 300 de ellas por día, es la cantidad de alimento que necesitan para poder mantener su condición única de volar y mantenerse flotando y apoyo en un mismo lugar.

Cayeron aturdidos por el golpe que se dieron al chocar de frente con el vidrio que se interpuso a su próxima flor. Volaba junto a un compañero.

Al principio lo vimos tendido en el suelo, boca arriba.

Nosotras sin saber que sucedía, cuál fue la causa de tal estallido, dejamos de escribir, nos paramos de nuestras sillas para observan la situación. Primero vimos un ave, al ver su tamaño y su pico desciframos que era un colibrí. Se movía, trataba de incorporarse y poder girar su cuerpo para que sus alas se liberen del suelo. Nos acercarnos y allí descubrimos que no estaba solo, había otro colibrí.

Esté era más pequeño, se lo veía perdido, sin saber o poder hacer nada más que respirar agitadamente, si no fuera por esto el aspecto del resto de su cuerpo simulaba estar inerte, el movimiento de su respiración daba señales de vida pero el resto aparentaba otra lucha. Su cuello estaba laxo, sus alas cerradas, su color era marrón oscuro.

Sin saber muy bien que hacer, empezamos por ayudar al que se veía en más condiciones de sobrevivir, con cuidado y sin nada de experiencia y algo de miedo giramos su cuerpo para incorporarlo, este rápidamente se puso de pie y en cuestión de instantes abrió sus alas y voló.

El otro colibrí seguía tendido en el suelo, hicimos lo mismo, al tocarlo, su cuello no acompañó el movimiento que hacía el resto de su cuerpo, cuando quisimos incorporarlo, no pudo ponerse de pie, todo su cuerpo seguía inmóvil y laxo.

Pensamos cómo ayudarlo, no se nos podía morir, decidimos moverlo al sol.

Se habían caído en una zona sin sol directo, al apoyarlo sobre el césped rápidamente Manchita una de las perras de la Estancia Tucumán se acercó para ver que era, la alejamos.

El colibrí seguía inmóvil, su cuerpo al darle el sol tomó su color característico eso fue, para alguien tan poco experto en aves y naturaleza, muy esperanzador. A los pocos segundos empezó a notarse su inquietud por incorporarse, pero aún no lo lo lograba hacer por sus propios medios, le ayudamos y cuando por fin logro erguirse en sus propias patas lo llevamos para que repose lejos de los perros y se recupere.

Mientras el descansaba. Empezamos a investigar qué le había sucedido. Por el golpe estaba aturdido, necesitaba hidratarse y salir del letargo el que ya llevaba 5 largos minutos, Lo volví a tomar entre mis manos, esta vez lo acerque a una flor, creyendo que inhalando el aroma despertaría su intención de tomar de su néctar y por fin abriría sus alas desplegándolas en vuelo. Así permanecimos unos segundos y nada.

Nuestra tenacidad por verlo volar y quedarnos al fin en paz nos llevó a probar una nueva estrategia. Esta vez fue acercarlo a beber agua, fue allí cuando al escuchar el chorro salir de la canilla sucedió lo tan anhelado. El colibrí abrió sus alas y voló.

Al ver que sus alas podían levantarlo en vuelo, y verlo reposando ahora a un metro nuestro, nos alejamos y quedamos en paz y el en libertad. .

Sentimos alivio, felicidad, reflexión, curiosidad. Fue una accidentada y maravillosa visita en nuestro espacio de mentoria literaria.

Moraleja del colibrí que se dio contra un vidrio. Para volver a tomar vuelo es normal pasar por los estadios del aturdimiento, desfallecimiento, vulnerabilidad, para por fin abrirnos a la posibilidad de ser resilientes y volver a confiar en nosotros no sin antes sentir ese miedo que nos invita a movernos

Con Laura Costa mi mentora literaria=

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